Presbicia Emocional – Ana María Oliva

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Presbicia Emocional

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Ayer hablaba con mi amiga Lina sobre las relaciones…

 

Ayer hablaba con mi amiga Lina sobre las relaciones. En esta sociedad que va tan rápido, a veces cuesta encontrar el tiempo para cimentar con una buena base las relaciones. Todo es veloz, todo está lleno de múltiples estímulos, la mente gira vertiginosamente de un pensamiento al siguiente. Generamos mil expectativas sobre cómo deberían ser las cosas, nuestras propias vidas, el comportamiento de los demás. Comparamos, juzgamos y elegimos o descartamos, en base a un montón de parámetros, en función de todo aquello que juzgo que es realmente importante. Mi sistema de valores. Pero como todo en la vida, ese sistema va evolucionando a medida que nosotros, como seres humanos, lo hacemos.

 

Mientras somos muy jóvenes, nuestra estructura psicoemocional habitualmente es capaz de adaptarse con facilidad a las otras personas. Nos gusta refugiarnos en la seguridad del grupo, de la pareja, ponemos mucho énfasis en hacer consciente todo lo que nos une, y nos moldeamos en el contacto de unos con los otros.

 

A medida que vamos creciendo, nuestras estructuras se hacen más rígidas, tanto la física como las mentales y emocionales. Sabemos lo que queremos. Ya no nos dejamos llevar tanto por los demás. Sé a qué estoy dispuesto a renunciar y a qué no. Y no estoy dispuesto a renunciar a mi misma. Me ha costado mucho llegar hasta aquí, y no voy a cambiar ahora. Estoy en el momento de la plenitud de la expresión de mi propia individualidad. En esta fase, es a veces complicado encontrar personas que realmente encajen con nuestra manera de ser, sobre todo cuando se trata de encontrar una pareja. A menudo sentimos que el otro nos limita, nos hace perder nuestra unicidad, nos hace “renunciar”  a cosas que para nosotros son irrenunciables.

 

Cuando las canas empiezan a adornar nuestras cabezas, y la presbicia empieza a hacer que pongamos los papeles a mayor distancia, habitualmente también nuestras estructuras se suelen dulcificar, y también tomamos más distancia de las cosas. A esta etapa la llamo “presbicia emocional”. La presbicia describe esa situación en la que ya no enfoco bien mi vista (física) en las cosas/ objetos que están muy cerca mío, pero no tengo ningún problema en ver de lejos. Solo afecta a lo que está muy cerca, independiente de su tamaño. Desenfoco al intentar enhebrar una aguja, me cuesta más leer… Tal vez esté reflejando también un cambio interno en el que lo importante no es la letra pequeña, sino el conjunto.

 

Me gusta esa idea de una etapa de presbicia emocional en la que ya no me importan tanto los detalles pequeños sobre las personas, sino su fondo, el conjunto, la globalidad. En el que las formas (que también son importantes) pueden llegar a pasar a segundo plano. Detalles que hasta ese momento habían sido incluso críticos a la hora de elegir compañeros de camino, pasan absolutamente a segundo plano. O directamente desaparecen. Hay quien dice “es que bajas el listón”. Prefiero decir “es que hay cosas que en este momento me doy cuenta de que no son tan importantes como yo creía,y ya no me fijo en ellas”.

 

Me fijo en tu corazón, en la manera en la que me tratas, en lo que siento por ti y, también, en cómo me siento cuando estoy contigo. Me fijo en tu risa y no en las arrugas que te adornan a causa de ella . Me fijo en el cariño que sale de unas manos, y no en la dureza de una piel ya curtida. Quizás nunca te acompañaré a ese hobbie que tanto te gusta (básicamente porque no comparto esa afición), pero me encantará que me cuentes cuánto has disfrutado y disfrutaré de compartir ese gozo. Quizás incluso haga cosas que nunca antes me había planteado, porque al final, lo importante a veces no es ni “qué” ni “cómo”, sino con “quién”.

 

Tal vez no sea nada malo esto de tener presbicia emocional. Quizás incluso me permita disfrutar de las cualidades de las personas que nos rodean, sin quedarnos atrapados en los pequeños detalles a los que, demasiadas veces, damos demasiada importancia. Tal vez sea incluso deseable, poner atención a lo esencial que, como decía “el Principito”, es invisible a los ojos.

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