EL FAMOSO MENSAJE DE CAMBIO

EL FAMOSO MENSAJE DE CAMBIO

Híjole, pareciera sin duda que cada que tengo un tiempo libre y me da tiempo de mirar a mi alrededor descubro cosas nuevas. Navegando por las redes sociales y por internet, es cada vez más intenso y repetitivo el mensaje de: La humanidad debe cambiar, ya no hay tiempo, ya es muy tarde, etc.

Lo contrario a lo que uno ve y escucha en la radio o la televisión, donde el mensaje es todo está bien, tú estás bien, tú diviértete, tú compra, tú estarás mejor si tomas esto, si comes aquello o si disfrutas de lo otro. Tú olvídate y laméntate porque un loco mató por allá, aquellos países se están peleando, ese político va ganando o tal autoridad fue detenida.
Sales a la calle, y lo que ves es gente corriendo, con prisa, con cara de enojo, de angustia, de aburrimiento, de desilusión. Caras largas. Personas atendiendo sus negocios con cara de “cómprame por favor”, mientras otras tantas con más poder económico tan sólo parecieran flotar en una nave de “qué bien me veo”, qué bien va mi día.

En todo este campo de observación, no faltan los buenos detalles por supuesto.
Aquella pareja de jovencitos enamorados dándose besos y jugueteando por la vida, con todas las esperanzas encima, con sueños e ilusiones para luego pasar a ver a los niños, siempre sonriendo, siempre jugueteando, siempre preguntando. Y qué tal ese grupo de estudiantes que recién salió de su escuela y van por la calle bromeando unos con otros, todos sudados y riendo a pulmón abierto.

¿En qué momento aquellos niños dejaron de sonreír, de enamorarse, de pensar sólo en el hoy y en el ahora?
¿En qué momento, esa pareja de jovencitos comenzó a vivir decepciones, traiciones, y perdió la esperanza de que sería fácil la vida?

Todos como sociedad quisiéramos un mundo diferente, más tranquilo, más equilibrado, más feliz pero ¿qué tan dispuestos estamos a cambiar algo siquiera en nosotros?
Criticamos todo y a todos, en eso somos expertos.
Juzgamos, nos burlamos, con el pretexto claro de: “mi opinión al respecto es tal o cual”.

¿Quién nos dijo que tenemos que opinar de todo?
Juzgamos a nuestros hermanos, a nuestros padres, al policía de la esquina y a la actriz que están entrevistando.
Opinamos del clima, de la economía, del político y del youtuber.
¿Alguna vez opinamos de nosotros mismos?
¿Alguna vez aceptamos que no somos perfectos sin pregonarlo como letanía populista?

“Si , sé que no soy perfecto o perfecta pero todos los días trabajo en ello”.
Sí claro!

Estamos bien puestos para mirar los defectos de los demás, pero cerrados a ver que ya desde nuestra dinámica familiar algo no cuadra.

Queremos un cambio sí, todos lo queremos y también queremos que baje el precio de la gasolina.
Queremos que la vida sea más tranquila y sin tantos coches en la calle, pero no vemos que somos un coche más en la misma calle.

Desde aquí ya podemos tener claro que “cambiar” es algo necesario para que “algo bueno” nos suceda, como humanidad sí, pero también como seres humanos individuales.
Cambiar no es fácil, para nada lo es.
El ser humano es un ser de hábitos, de costumbres, de rutinas y mucho del tiempo en nuestras vidas asumimos que somos así como ya somos y que el mundo debe aceptarnos tal cual.
Ni siquiera imaginamos la posibilidad de ser nosotros los que estamos mal en algún aspecto y si acaso lo reconocemos, tampoco hacemos nada.

Algunos somos bromistas, otros somos optimistas, otros más somos explosivos y unos cuantos más somos tranquilos. Por allá están los enojones, viviendo junto a los pacientes, enfrente viven los dramáticos, que se han casado con los ansiosos.
Pero el mensaje de un cambio en la humanidad, va todavía más allá.
Porque yo puedo con tiempo y práctica, pasar de ser envidiosa a ser compartida.
Yo puedo pasar de ser escandaloso a ser discreto si me lo propongo.
Pero si yo soy un político corrupto ¿puedo dejar de robar tan sólo porque hoy amanecí con esperanza de cambio?
¿Y qué tal si yo soy un abogado que roba o engaña a sus clientes porque todo mi linaje ha funcionado igual y yo no conozco otra manera de trabajar?
El asunto se complica porque poco a poco, ya no importa si tú eres alegre y optimista cuando tu jefe te ignora o te exige más de lo que él mismo puede dar. Cuando tu vecina sale a media noche a dejar su bolsa de la basura a media calle pensando que nadie la ve. Cuando sabes que tu compañera de trabajo le coquetea al jefe pero es casada. Cuando sabes que tu esposo saca de su trabajo material de papelería porque nadie lo vigila.

A veces pensamos que eso no “cuenta” como ser malo.
Pensamos que ser malo es dedicarse a secuestrar y a matar personas.
Pensamos que ser malo es robar jovencitas y venderlas como mercancía.
Pensamos que ser malo es robar órganos o violar.

Y es por eso que la humanidad como equipo, no funciona bien. Porque vemos lo malo de los demás sin detenernos a ver lo malo en nosotros.
Justo ese es “el cambio” que la humanidad no ha realizado.

Todos queremos una vida en paz, llena de amor, con salud, felicidad y abundancia económica. Compartiendo con una familia armoniosa, leal, unida y bien comunicada, ¿pero qué hacemos para lograrlo?

Oye, un jovencito entró a tal escuela con una arma y mató a varios personas…y la otra persona te responde: sí, pero no fue aquí fue en otro país y eso no es mi asunto, qué pena están bien locos allá.

Oye, hay una marcha de campesinos en el centro de la ciudad, creo que están pidiendo pagos justos por sus cosechas…y la otra persona te responde: Con razón yo no podía avanzar entre el tráfico, malditos indios cómo les gusta venir a hacer escándalo, mejor que se regresen a su pueblo.
Ahhh pero queremos un mundo en paz y feliz.

Vemos las injusticias que cometen contra nosotros pero no vemos las injusticias que cometemos nosotros contra los demás.

¿De qué le sirve al hombre o mujer negra, al hombre o mujer latino ser una buena persona si vive en una sociedad que los desprecia por su color o su raza?
¿De qué le sirve al político honesto un ímpetu de justicia y equidad si cuando asciende al poder es sometido por un grupo de personas que lo obliga a robar y mentir, viviendo amenazado?
¿De qué le sirve al médico preocuparse por la salud del prójimo si es obligado a sólo otorgar consultas de 10 minutos porque debe cumplir con una cuota de pacientes al día?

Esos son los “cambios” que la humanidad no logra por más que trabajemos en nosotros mismos en un cambio individual. Por más que meditemos, oremos o nos rapemos y nos vayamos al Tibet a un retiro.
No nos hemos dado cuenta de que somos pequeñas células de un todo, de un cuerpo entero con vida llamado Tierra.
Pensamos, creemos, asumimos, que nosotros somos los importantes y los demás no tanto.

Los ladrones siguen robando por más amorosos esposos que sean o buenos padres o buenos hermanos.
Los secuestradores siguen secuestrando a pesar de ser un ejemplo de bondad con sus primos o vecinos.
Los violadores siguen violando aunque vayan a misa los domingos.
Los narcotraficantes siguen comerciando con su droga.
Los políticos siguen engañando.
Los capitalistas siguen abusando.

Es bonito no lo niego, permanecer en la burbuja rosa que cada uno forma a su alrededor. Es lindo pensar que yo estoy bien y con eso ya cuenta. Es agradable pensar que puedo opinar y juzgar porque tengo libre albedrío. Sí, es bien bonito creer que mi granito de arena cuenta.
El que yo no robe, no secuestre, no viole, no venda drogas o no engañe me hace buena persona.

Pero no he visto que cada que digo algo bonito a los demás, va seguido de una queja o burla.
No he visto que soy intolerante con mi vecina porque es una maldita vieja loca.
No acepto que la comunicación con mis padres o mis hermanos va de mal en peor.
No me he dado cuenta de que esos 10 minutos que llevo leyendo esto podría haberlos utilizado en abrazar a mis hijos o platicar con mi pareja.
Nos gusta distraernos para evadir que el mundo entero no está bien.
Nos gusta pensar que todo está bien porque eso nos invita a “no cambiar” y al final de cuentas, eso es muy cómodo.

De verdad que si se acaba el mundo en un mes o dura otros 10 millones de años más es lo de menos.
Porque en esencia y aunque lo neguemos, no todos los días y jamás las 24 horas somos buenas o aceptables personas.
Queremos la rebanada de tarta más grande.
Queremos el lugar de estacionamiento más cercano a la puerta.
Queremos que nuestros hijos lleguen primero.
Queremos encontrar la mejor oferta.
Queremos pagar menos aunque el que vende pierda.
Queremos que “alguien”, nos condone esa multa.
Queremos entrar primero a la tienda para “agarrar” los mejores productos.
Queremos que la señorita nos atienda rápido, no importa si no le responde la duda a la señora que llegó con una pregunta.

Siempre queremos “ganarle” al otro.

Somos buenas personas sí, porque no matamos y no secuestramos.

Hablamos de paz, de compasión, de ayudar al prójimo, de estar en plena conciencia, de aprender y de crecer. Hablamos de divertirnos, convivir con la familia y encontrar un amor verdadero. Ah! Pero siempre y cuando, sea el día y a la hora que “tengo tiempo” porque si me agarran con prisas no podré escucharlos, porque si ese semáforo no cambia de luz roja a verde en este preciso instante yo explotaré, porque si se me atraviesa un ciclista soy capaz de echarle el coche encima, y si mi hijo baja sus calificaciones éste mes me va a conocer.

Hablamos de justicia y honestidad para con nosotros, pero ¿cuándo nos damos el tiempo para calificar nuestra propia capacidad de ser justos y honestos?
Navegamos con bandera de buenas personas cuando en el fondo fallamos en infinidad de cosas y me incluyo porque soy parte del todo.

La semana pasada, salía yo del Walmart y justo ese día, en lugar de tomar un carrito metálico grande de los normales, tomé una canastilla de esas azules con rueditas que hay en la puerta por si comprarás sólo pocas cosas.
Terminé mi compra y salí de la tienda con la canastilla azul al estacionamiento…
En ese momento me detuve y pensé: “Elizabeth, no puedes sacar las canastillas de la tienda, acuérdate!”
Y lo segundo que hice fue regresar corriendo a la tienda para poner la canastilla en la puerta como corresponde a la vez que buscaba yo al policía que siempre está de pie recordándote que “no puedes sacar las canastillas”.
El policía estaba allí, sí, pero nunca me vio salir, nunca me vio sacar la canastilla. Qué raro.

Me acerco al mostrador de “paquetería”, justo porque allí están apiladas las canastillas. Coloco la canastilla mientras le digo en voz alta a la señorita de paquetería: “Ay qué pena ya me llevaba yo la canastilla no me di cuenta, perdón”.
Ella me volteó a ver con una cara entre “agradecida” y “sorprendida” y me dijo: “Ay si viera usted, el otro día una señora igual sacó la canastilla y el policía me ordenó seguirla y pedírsela de vuelta. Yo corrí para alcanzarla porque ya había salido del estacionamiento y estaba en la calle con la canastilla. Al pedírsela me la lanzó encima gritándome – ahí tiene usted su canastilla, vieja muerta de hambre, métasela por donde le quepa- y ahí vengo yo con la canastilla de vuelta a la tienda y a seguir trabajando”.

Esa historia me dejó sin palabras porque simplemente comprendí que como humanidad no podemos seguir así. Me sentí mal por esa señorita empleada de la tienda. Me sentí mal por la señora que le gritó a la empleada, me sentí mal porque pareciera que mi pequeña devolución de la canastilla fuera algo “raro”.

Y es la verdad.
Tratamos bien a nuestros hijos, pero le cerramos la puerta al vendedor. Le hablamos bonito a nuestra pareja pero le gritoneamos al que cuida los coches en la calle. Damos la limosna a la viejita, pero nos metemos en la fila de coches para adelantar un lugar. Somos amables con nuestra mejor amiga o amigo pero ofendemos al vecino o ignoramos a la autoridad. Somos buenos padres, pero engañamos a nuestra esposa con la secretaria. Somos buenas madres, pero preferimos que los niños no hagan ruido y en lugar de jugar con ellos les damos un celular con una linda app de juegos.

¿De qué se trata?

Hay que cambiar sí, porque éste mundo que le estamos dejando a nuestros hijos debe ser agradable, seguro, lindo de vivir.
Que no matemos está súper.
Que no robemos está genial.
Pero que seamos mejores personas cada segundo desde dentro del corazón, será lo más importante, porque haremos que esos niños que ríen y sonríen sigan haciéndolo durante toda su vida y lleguen a ser jefes justos o políticos honestos. Porque haremos que aquel par de jovencitos enamorados sepan que el amor, la fidelidad y la lealtad sí existen y que pueden confiar siempre el uno en el otro. Porque en la medida en que dejemos de “juzgar” disfrazado de “opinar”, veremos los errores propios.
Cambiar desde el alma no como “idealistas”, no. Sino siendo más realistas que nunca jamás. Más objetivos. Equilibrados.

Cambiar por nosotros mismos y también por los demás, por todos.
Todos como células de un solo cuerpo. Sin nacionalidad, sin “mi” equipo favorito, sin “mi” banda o sin “mi” barrio.
Haciendo de todos nosotros células más sanas fortaleciendo un cuerpo sano. Tomando conciencia, antes de hablar u opinar, preguntándonos qué está mal en mí, qué puedo cambiar y mejorar hoy en mí , que hago mal o qué pienso mal.

Así las cosas…

Akasha Sanación Integral
Elizabeth Romero Sánchez y Edgar Romero Franco.