MI LABOR Y EL FIN DEL MUNDO

MI LABOR Y EL FIN DEL MUNDO

Considerando todo lo que he vivido a lo largo de mi vida, creo que podría decir que soy una persona equilibrada. Tal vez totalmente equivocada y tal vez no tanto.
A veces suelo ser muy débil ante algunas circunstancias y a veces suelo ser demasiado fuerte y dura para otras al grado de llegar a la indiferencia.
Yo no puedo quejarme de mi familia. No he sufrido jamás de conflictos familiares graves, fuertes o desgarradores y si bien mi familia no es perfecta, creo que fui criada y educada dentro del rango de lo “normal”, de lo “común”, sin sobresaltos y con un alto grado de paz, de alegría y amor.

Cuando el camino de la vida me va llevando hacia aprendizajes nuevos, hacia descubrimientos nuevos, hacia un crecimiento como ser humano, es que me enfrento a realidades que yo jamás hubiera imaginado que existían fuera de mi mundo.
Podríamos decir que mi infancia ante mi percepción fue completamente color de rosa, mi adolescencia fue de color naranja, mi adultez comenzó con un fabuloso rojo “pasión” para de pronto adquirir un color gris que me impulsó a buscar una madurez en tonos azules y violetas.

Aún recuerdo cuando desde muy niña, yo no me visualizaba a futuro. Yo no soñé jamás con ser mamá o ser esposa. Yo no soñé jamás con una profesión o actividad específica. Yo no veía en mí ninguna capacidad extraordinaria y si me preguntan al día de hoy cuál es mi pasión, debo confesarles que no hay ninguna o que siento pasión por todo.

Me limité desde entonces a vivir mi día a día, a disfrutar de lo que llegaba o a sufrir por lo que se iba. Pasé por una infancia en la que tenía sueños extraños y veía fantasmas. Pasé por una adolescencia en donde realmente me enfoqué en lo místico, leer las manos y las cartas y llegó mi juventud en donde me enfrenté a aceptar que el mundo no sólo era lo que yo creía sino que había mil cosas más allá.
Paso entonces la edad del amor, de las ilusiones, de las fiestas y de la falsa sensación de “libertad” que por lo general los jóvenes viven.
Esa etapa en la que sientes que el mundo te queda “chico” porque eres invencible, esos años en que tú eres lo más inteligente que existe sobre la Tierra y donde la vida es fácil.
Y comienzan los tropiezos, los errores, las “raspadas de rodilla” como les digo a esos momentos en que la vida misma te dice “alto”, la vida no es eso que tú crees.
Y pareciera entonces, que retomas aquello que fuiste e intentas “reconectarte” ya no con el ser invencible, sino con el ser vulnerable y abierto a lo que llegue.

Ese momento en el que “de golpe y porrazo”, descubres que tener una pareja carece de importancia si no es la persona óptima para ser tu compañía. Ese momento en que de pronto, descubres que debes ser capaz de salir adelante sin tu familia porque nadie es eterno. Ese momento en el que te cuestionas lo que quieres hacer para vivir. Ese momento en el que debes tomar decisiones fuertes, tajantes, determinantes tan sólo para ti.
Un momento para aprender más, leer más, ver más y escuchar más. Un momento en el que el Universo, pareciera ponerte en charola de plata, aquello que siempre buscaste o aquello que jamás imaginaste.

Y de pronto, esa niña que veía fantasmas y que siempre amó peinarse a “lo despeinada” hoy tiene nuevos conocimientos y goza de trabajar con las personas.
Esa jovencita que fue un remolino rompe cosas, quiere ahora dar paz y luz a otras personas. Siente la necesidad de animarlas y empoderarlas para que brillen por todo lo alto. Mostrándose abierta todos los días, a las más descabelladas o desgarradoras historias de vida.

Me da lo mismo si viene a verme un político con problemas económicos, que si viene una ancianita humilde que toda su vida fue curandera o si viene una jovencita triste porque su novio la engañó o aquel hombre a decirme que a sus dos hijos se los llevan por la noche una especie de seres reptil. O quizá es la señora asustada porque su ángel le advirtió que estábamos cerca del fin del mundo.

Hoy me he convertido en algo que jamás en mi infancia imaginé ser. Conviviendo a diario con vidas muy distintas o muy similares a la mía. Conociendo personas con todo tipo de creencias y expectativas. Sintiendo alegrías y tristezas.
Ayudando en la medida de mis capacidades, tanto a las personas que sufren porque viene el fin del mundo, como a las personas cuyo conflicto mayor es su enfermedad o la de sus hijos.
Personas ricas y personas pobres. Hombres y mujeres que tal vez como yo en su momento, están viviendo su etapa gris.

Y no me dejarán mentir estas personas, cuando yo diga que hay ocasiones en que sus historias me hacen enojar porque veo cómo han sufrido muchas injusticias, personas que me hacen llorar o que me hacen levantarme y abrazarlos. Y cómo siento que cada una de esas personas, se lleva un pedacito de mí, dejándome un pedacito de ellos.
Todos los días que conviviendo con personas nuevas, distintas, diferentes o muy similares. Con historias que podrían romper cualquier corazón o quitar el sueño para siempre.
Historias de vida repletas de amor y abundancia combinadas con otras repletas de violencia, desvalorización y humillación.

Y llego al momento en que no me queda más que agradecerle a la vida el haberme puesto en éste camino, porque como efectivamente lo dice una frase maravillosa: “sanándote tú, me sano yo”.
Y sigo en la línea, a medio camino, viviendo entre lo místico y lo material, entro lo espiritual y lo realista. Sabiendo que hay mucho más allá que no vemos ni comprendemos pero aceptando que por ahora, nos toca estar acá viviendo lo mejor posible.

Todos somos seres humanos en busca del amor, de la paz, de la salud, de la felicidad, del sueño y descanso tranquilo.

Pero luego de varios años de aprendizaje, trabajo, experiencia y convivencia con cientos de ustedes, llego a la conclusión de que “algo” efectivamente está cambiando en estos últimos dos años. Pareciera que esa vida que todas las personas teníamos más o menos clara, se ha transformado de pronto en una gran nebulosa que obstruye la visión y compresión lo que viene.

Adolescentes que tenían claro lo que querían estudiar, de pronto sienten ganas de abandonar y dedicarse a otra cosa como aprender a trabajar con metales o madera.
Adultos que tenían claro que trabajaban en lo que amaban, de pronto sienten ganas de botar su trabajo y mudarse a otro sitio para aprender a sembrar árboles frutales o alimentos orgánicos.
Ancianos que estaban resignados a una vejez pacífica de pronto pareciera que sintieran un impulso inexplicable por aprender a tocar un instrumento o por enseñar a otros algo que dominan.
Niños que parecían tan sólo estar interesados en jugar, ahora pasan sus días haciendo preguntas extrañas o de difícil respuesta.

Algo está cambiando, algo está pasando y no lo vemos del todo.

Y por más realista, coherente, sensata, racional o perceptiva que yo sea en mi día a día, tengo que aceptar que la “vibra” de las personas en mi entorno, del mundo entero está modificándose. Yo misma siento que algo dentro de mí se está modificando, transformando.
De pronto, aquella persona que tiene sueños extraños, siente lo mismo que una tarotista, que un jovencito dedicado al deporte o que un ingeniero de obras.
Todos ellos incluida yo, pareciera que de pronto entramos en una frecuencia de “hay que prepararse”, hay que abrirse a una percepción más allá.

Yo por mi parte, siento unas ansias enormes de irme a vivir al campo, de ya dejar la ciudad y además lo vivo con una sensación de “prisa”. Siento una necesidad profunda todos los días de “estar en paz”, como si fuera un requisito primordial.

¿Y a qué quiero llegar?

A que en las últimas semanas, muchos de los mensajes que recibimos o en muchas de las terapias en las que platicamos, el tema que siempre sale a la luz, es todo lo que ocurre en el mundo: Terremotos, inundaciones, asesinatos, tierra que se abre o se hunde.

Parejas que ya no saben si casarse o esperar el fin del mundo.
Parejas que ya no saben si embarazarse o mejor no hacerlo.
Personas que no saben si dejar sus casas y mudarse o esperar.
Personas que hasta han pensado en quitarse la vida porque no quieren ver una desgracia mayor.
Personas que aseguran vendrá Dios a salvarnos y personas que aseguran bajarán naves a rescatarnos.
Personas que creen que no pasará nada y personas que ya están preparando grandes alacenas con agua y víveres.

Y esa niña que veía fantasmas de niña y que hoy se siente plena trabajando con todos ustedes, sólo puede decirles que lo mejor que pueden hacer es escuchar su voz interior. Yo no tengo más sabiduría que ninguno de ustedes, yo no soy perfecta y ni con toda mi experiencia de vida, tengo la menor idea de lo que pueda o no pueda suceder.

Si esa voz les dice que se vayan, háganlo. Si esa voz les dice que todo es una reverenda estupidez, sigan adelante con sus vidas. Si esa voz les dice que hay peligro, créanlo. Si esa voz les dice cásate y forma tu familia, sigan adelante. Porque así como cada uno de todos nosotros tiene en su mente y en su corazón una vida diferente, del mismo habremos de respetar que cada uno de nosotros vino a aprender cosas diferentes. Y si yo estoy enfermo o tengo un familiar enfermo, no me voy a desentender por miedo a lo que “podría” pasar. Si yo estoy esperando un bebé, no voy a dejar de cuidarme por lo que podría o no podría pasar.

Y no porque se diga que se acerca un gran terremoto que destruirá el mundo, yo voy a dejar de bañarme, desayunar y trabajar con gusto.
Y no porque se diga que no pasará nada, yo voy a dejar de hacer mi mochila de emergencias o dejar de pagar el seguro para mi casa.

Yo creo que se trata de continuar cada uno con nuestras vidas, confiando en que si pasa algo así debía ser y que si no pasa nada, también así debía ser. Se trata de continuar amando, soñando, comiendo y bailando. Se trata de continuar cada uno con su camino sin perder de vista el estar atentos.
Sabemos que el miedo, es el peor enemigo que tenemos. Y sabemos también, que en un caso extremo de riesgo, todos y cada uno de nosotros, hará lo mejor o lo posible por sobrevivir.
Sabemos que tenemos la capacidad para seguir entregando nuestro 100% a aquello que a diario hacemos y de seguir disfrutando de nuestras vidas y nuestros planes a cada segundo.

Y si estoy completamente equivocada y efectivamente sucede algo, pues al igual que ustedes ya lo afrontaré con lo mejor que yo tenga en mi interior.
Y si llego al final de mis días y nunca pasó nada, pues agradeceré a la vida por todo lo que viví.
Se trata de estar aquí y ahora. De disfrutar éste instante, porque es lo único que tenemos tangible. Ser buenas personas, ser honestos y hacer que cada momento de nuestras vidas sea el mejor.

Así las cosas …

Akasha Sanación Integral
Elizabeth Romero Sánchez y Edgar Romero Franco.

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