Empatía: lo que se aprende al tener un amigo o compañero con discapacidad

Quienes conviven con ellos en su casa, en el trabajo o en la escuela afirman que los ayuda a vencer el miedo a lo diferente, a ser más tolerantes y a estar pendientes de las necesidades de los demás

LA NACION

LUNES 13 DE MARZO DE 2017
Compartido en Fb por Clau Escuer
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Paula García Haymes (der.) besa a su hermana Carolina, que es sorda. Foto: Maxie Amena

Tomer Usach aprendió, con tan sólo 18 años, a romper las barreras que aparecen frente a lo desconocido. Pablo Ingberg, un joven con discapacidad intelectual, fue su compañero de grado y desde pequeños entablaron una amistad.

“La barrera la hace uno mismo y es importante romperla. El haber compartido un espacio con Pablito me abrió la mente. Ahora siento que me manejo diferente frente a las situaciones de diversidad”, dice Usach.

Como él, quienes tienen un vínculo cotidiano con alguna persona con discapacidad -en el trabajo, en la escuela, en su casa- coinciden en que aprenden a ser más empáticos, tolerantes y a perder el miedo a lo diferente. Los referentes de la temática también sostienen que en la mayoría de los casos la inclusión repercute en múltiples aspectos positivos para el entorno de la persona.

Algunos atraviesan esta experiencia en el hogar (porque uno de sus miembros tiene alguna discapacidad) y otros recién en colegios con voluntad integradora.

Lea Vainer es miembro del grupo Artículo 24 y fundadora de la escuela Arlene Fern. Cuenta: “Cuando se creó la escuela, nosotros aspirábamos a una sociedad mejor. Seguramente cuando un ex alumno nuestro tenga su propia empresa, no va a dejar de contratar a una persona con discapacidad y va a tratar de ayudarla”.

Vainer asegura que en la escuela se trabaja con toda la familia: “Hay que concientizar a todos los actores comunitarios sobre la importancia de la inclusión y los valores”, agrega.

En Arlene Fern, los profesores de educación física enseñan las reglas de un deporte y luego diseñan nuevas pautas para que puedan jugar todos. “Esto es muy simbólico de lo que sucede en cada aula. A veces tenemos que aprender a enseñar diferente para que el aprendizaje sea de calidad para todos. Acá los chicos tienen una sensibilidad y una inteligencia emocional distinta”, dice Gabriela Krichesky, directora pedagógica general de la institución.

En esta misma línea, Laura Cancio, integrante del equipo técnico de la Asociación para el Desarrollo de la Educación Especial y la Integración (Adeei), sostiene que “cuando hay alumnos con proyectos de integración, los maestros aprenden nuevas estrategias y herramientas que después aplican con todos los chicos del aula. Esto genera una mayor flexibilidad en la práctica del docente”.

Efectos positivos en el trabajo

Según Javier Lioy, presidente de la asociación civil La Usina, todavía se reflexiona poco sobre qué efectos produce en los equipos de trabajo la llegada de un empleado con discapacidad.

“Nuestra experiencia nos permite listar indicadores que de manera contundente muestran los aspectos positivos de las acciones inclusivas. Mejora el clima laboral, se promueve el trabajo en equipo, disminuye el ausentismo laboral, se sensibiliza al equipo de colaborares y se promueve el compromiso con el propio puesto de trabajo”, dice Lioy.

Y agrega: “Los compañeros aprenden a construir un nuevo concepto sobre ellos. Pasan a desarrollar una sensibilidad y capacidad de mirar orientada en lo que pueden hacer y no en lo que falta”.

En la misma línea, la Guía de inclusión laboral de personas con discapacidad para empresas, publicada por la Red de Empresas por la Diversidad de la Universidad Torcuato Di Tella, asegura que la incorporación de una persona con discapacidad es un aprendizaje constante para su entorno.

“Se promueve el respeto por las diferencias y se incentiva el despliegue de cada ser humano y sus singularidades. Se contribuye a una mayor conciencia social y a consolidar una cultura organizacional genuina e inclusiva. Por lo tanto se construyen organizaciones más humanas”, aseguran.

Tomer Usach (izq.) y Pablo Ingberg fueron compañeros en el colegio Arlene Fern
Tomer Usach (izq.) y Pablo Ingberg fueron compañeros en el colegio Arlene Fern. Foto: Fabián Marelli

En el colegio: “Hoy enfrento la vida de otra manera”

Tomer Usach compartió la secundaria con Pablo Ingberg, que tiene una discapacidad intelectual

En el colegio Arlene Fern (referente en integración de alumnos con diferentes tipos de discapacidad), Tomer Usach tuvo como compañero de grado a Pablo Ingberg, un chico con discapacidad intelectual.

Gracias a esa experiencia, Tomer hoy no tiene miedo a las personas que son diferentes a él. “Generalmente la gente al desconocer y no convivir con una persona con discapacidad no sabe cómo tratarla. Muchas personas discriminan y para mí compartir algo con él es lo mismo que estar con alguien sin discapacidad. Me parece muy importante haberme formado en una escuela donde el distinto tiene lugar. Hoy siento que estoy abierto a otras situaciones y enfrento la vida de otra manera”, dice Tomer.

Además, cuenta que Pablo era el único de sus compañeros que se sabía las capitales de todos los países y el fixture de todo el año de los torneos de fútbol. Él ponía a prueba la memoria de los demás y ganaba las competencias sobre esos temas. Afirma: “Pablito es la persona más brillante que conocí en mi vida”.

Hablar por micrófono

Cuando los dividían en grupo para hacer una actividad en la escuela, Tomer muchas veces trabajó con Pablo. Cuenta que de chicos siempre tuvieron muy presente que tenían que hablar por un micrófono para que Pablo pudiera escuchar a través de sus audífonos.

“Al principio el aparato era curioso para mí. Pero con el tiempo lo fuimos naturalizando. También recibimos mucha información sobre el sistema que usaba Pablito para entender mejor”, recuerda Tomer.

Su relación no se daba sólo en la escuela, sino que también se veían afuera, donde compartían una vida social. “Me acuerdo un día que fui a dormir a su casa y jugamos a la Play. La mamá nos puso el timer para que nos pudiéramos ir a dormir al rato. Sin embargo, Pablito lo sacó y nos quedamos hasta tarde”, relata Tomer.

Actualmente los dos terminaron la secundaria. Como en la escuela está prevista la inclusión en todos los órdenes de la vida, hace más de un año, Pablo se incorporó como auxiliar en la biblioteca. Tras conversar un rato, Ingberg reflexiona: “Todos deberíamos tener las mismas posibilidades y se deberían respetar todas las diferencias”. Tomer también empezó a trabajar este año y siempre tiene presente una idea que aprendió en la escuela primaria: “Las barreras se las pone uno mismo y es importante romperlas”.

Ariel Rojo (izq.) y su amigo Santiago trabajan juntos
Ariel Rojo (izq.) y su amigo Santiago trabajan juntos. Foto: Rodrigo Néspolo

Amigos: “Una vez se cortó la luz y él me guió a mí”

Para Ariel Rojo, la ceguera de Santiago nunca fue un impedimento para compartir sus vidas

La amistad entre Ariel Rojo y Santiago Morrone, una persona ciega, comenzó en los años 90 a partir de un entrenamiento de atletismo. Se conocieron en un parque cuando Santiago buscaba un entrenador y se sumó al grupo de Ariel.

Los dos disfrutaban mucho de correr. Santiago le explicó a Ariel cómo guiarlo mientras entrenaban y él siempre se sintió seguro para hacerlo. Así, voluntariamente, se convirtió en su guía. Juntos llegaron a correr 42 kilómetros y participaron de distintas competencias.

Enseguida, Ariel se convirtió en un amigo de la familia e hicieron más actividades juntos. Comenzaron a compartir asados, charlas y hasta vacaciones familiares. Este verano fueron a pescar. “Siempre me tomé la discapacidad con mucha naturalidad. Nunca fue una barrera para nuestra amistad. De hecho, recuerdo una oportunidad en que se cortó la luz y Santiago me tuvo que guiar a mí”, relata Ariel.

Santiago es el secretario de Apanovi, una asociación civil sin fines de lucro, dirigida por personas ciegas, que Ariel también apoya desde que lo conoce.

Hace unos años, los amigos comenzaron a trabajar juntos: atienden el quiosco de la Facultad de Sociales de la Universidad de Buenos Aires. “Con el tiempo te acostumbrás a la discapacidad. El problema es que la mayoría de la gente tiene prejuicios y eso es lo que molesta. Por suerte con mis amigos y familia eso no pasa”, confiesa Santiago.

Hermanas: “Uno está más atento a lo que le pasa al otro”

Paula García Haymes y su familia modificaron la dinámica para incluir a Carolina, que es sorda

“Es un regalo tenerla a Caro en mi vida”, dice emocionada Paula García Haymes, al hablar de su hermana Carolina, la única persona sorda en una familia de siete hermanos.

Carolina está oralizada, aprendió a hacer sonidos, lee los labios y está totalmente conectada con el mundo oyente.

“Desde muy chiquita, yo incorporé que hay gente distinta, personas con más dificultades y que hay que ayudarlas. A partir de esta experiencia, uno está más atento a lo que le pasa al otro y desarrolla más la paciencia”, cuenta Paula.

Y agrega: “Ahora mis hijos no le tienen miedo a ninguna discapacidad. Ellos van a escuelas que integran. En mi familia aprendimos que hay diferencias, pero se pueden sortear y se puede tener una relación muy linda con la persona”.

Un moderador en las reuniones

Carolina pensó que nunca iba a tener novio, pero cuando lo conoció a Maxi, se enamoró y se casó. Él también es sordo y juntos tuvieron tres hijas oyentes.

Para incluir a la pareja en las reuniones familiares, las hermanas cuentan que siempre se debe seleccionar a un moderador entre los participantes de la comida. Esa persona es la encargada de ordenar la conversación para que Caro y Maxi puedan seguir los labios y participar. Todos tuvieron que aprender a modular bien.

La discapacidad de Carolina no es un impedimento para compartir diferentes actividades con su hermana. “Nos reunimos todos los domingos, paseamos con los chicos, hacemos picnics, vamos a andar a caballo y nos encanta jugar a las cartas”, detalla Paula.

Cantar es una actividad que comparten mucho en familia. Paula cuenta que Caro solía tocar la pandereta para estar incluida en la reunión. La primera vez que la escuchó cantar el himno argentino fue muy emocionante.

“Caro fue sorteando las dificultades para comunicarse. Mis amigas cuando venían a casa modulaban más que yo”, relata Paula.

Las hermanas también cuentan divertidas la anécdota del día que Caro le dijo a un profesor de la secundaria que no le entendía lo que decía por su bigote. Al día siguiente el docente fue a dar clase afeitado.

Paula tuvo que aprender a contextualizar sus emociones porque Carolina es muy observadora. “Ella siempre se da cuenta cuando algo te pasa porque está muy atenta a los gestos”, dice.

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